sábado, 30 de agosto de 2008

El Amante

Él la mira. Los ojos cerrados, él aún la mira. Respira su rostro. Respira a la niña, los ojos cerrados, respira su respiración, ese aire tibio que se desprende de ella. Él distingue cada vez con menos claridad los límites de aquel cuerpo, este cuerpo no es como los otros, no está terminado, en la habitación crece aún más, aún no tiene formas definidas, moldeándose a cada instante, no está únicamente ahí donde él lo mira, está también en otro lugar, se extiende más allá de la vista, hacía el juego, la muerte, es ligero, parte enteramente hacía el goce como si fuese grande en edad, no tiene malicia, con una inteligencia extraordinaria.

Yo miraba lo que él hacía conmigo, como si se sirviera de mí y jamás había pensado que uno podía hacerlo de este modo, él iba más allá de mi esperanza y conforme al destino de mi cuerpo. Así me había convertido en su niña. Él también se había convertido en otra cosa para mí. Comenzaba a reconocer la dulzura inexplicable de su piel, de su sexo, más allá de él mismo. La sombra de otro hombre también debía pasar por la habitación, la de un joven asesino, pero yo todavía no lo sabía, nada había aparecido aún ante mis ojos. La de un joven cazador también debía pasar por la habitación pero aquella, sí, yo lo sabía, algunas veces estaba presente en el goce y le decía, al amante de Cholen, le hablaba de su cuerpo y de su sexo también, de su inefable dulzura, de su valentía en el bosque y en los ríos a la desembocadura de las panteras negras. Todo terminaba en su deseo y hacía que me tome. Me había convertido en su niña. Era con su niña con quien hacía el amor cada noche. Y a veces le daba miedo, de repente se inquietaba por su salud como si descubriera que ella era mortal y la idea de poder perderla lo angustiaba. El hecho que sea así de delgada, de repente, también le daba  miedo a veces de una manera brutal. Y de ese dolor de cabeza también, que a menudo la hacía agonizar, lívida, inmóvil, una venda húmeda en los ojos. Y también de ese gusto que ella tiene a veces de la vida, cuando la toma, ella piensa en su madre y súbitamente grita y llora de cólera ante la idea de no poder cambiar las cosas, hacer feliz a la madre antes de que muera, matar a aquellos culpables de este mal. El rostro contra el suyo, él abraza su llanto, la abraza fuerte contra él, loco de deseo por sus lágrimas, su cólera.

Él la abraza como si abrazara a su niña. Abrazaría a su niña de la misma manera. Juega con el cuerpo de su niña, lo gira, él se cubre el rostro, la boca,  los ojos. Y ella continúa abandonándose en la dirección exacta que él tomó cuando empezó a jugar. Y de repente es ella quien le ruega, no dice nada más, y él, le grita que se calle, le grita que no quiere nada más de ella, que ya no quiere poseerla, y nuevamente se abrazan, entrelazándose en el miedo, y es aquí donde este miedo se desenreda, ellos lo entregan a las lágrimas, la desesperación, la felicidad.

Marguerite Duras. 'L'Amant', Les Editions de Minuit, 1985. 

Traducción: Joi

2 comentarios:

Mercedes Palomino dijo...

Escribes bastante mal, alguien tiene que decírtelo, quizás seas buena para.... el diseño? inténtalo... Pero alguien tenía que decirte que realmente no tienes talento para esto. Suerte en otras cosas.

Joi dijo...

Qué linda Mercedes eres un amor! Me arrancaste una sonrisa. Suerte en todo.